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Votar contra el correísmo manteniendo la independencia de clase

Miércoles 15 de marzo de 2017

La decisión adoptada por varias organizaciones populares y de izquierda de votar en contra del correísmo en la segunda vuelta electoral, que lleva al voto forzado a favor de Guillermo Lasso, a más del reconocimiento de parte de amplios sectores populares como una postura correcta ha provocado también incomprensiones, sobresaltos y críticas de diversa índole. Esto último era previsible porque no siempre es fácil entender una decisión polémica, pero también porque nunca falta la acción de la burguesía y el oportunismo pseudo-izquierdista que a todo momento intentan lanzar lodo en contra de las organizaciones revolucionarias.

En la edición anterior (http://pcmle.org/EM/spip.php?article8018) establecimos algunos elementos que sustentan el carácter revolucionario de esa conducta. Incorporamos a ese análisis un aspecto más: esta política responde al principio de mantener la independencia de clase.

Ante todo precisemos que independencia de clase no es sinónimo de aislacionismo frente a los acontecimientos políticos que se producen en la sociedad. Por el contrario, las organizaciones revolucionarias tienen la obligación de insertarse en la vida política del país y dar respuesta a todos los problemas que en ella se presentan. Los propósitos que con esa política se buscan alcanzar nos permiten identificar su esencia, su naturaleza de clase.

Una política de clase se encuentra orientada a defender los intereses económicos, políticos y sociales de una clase determinada; si ésta se encuentra en el poder, se halla al mismo tiempo orientada a defender la condición de clase dominante; si no tiene el poder en sus manos su política tiene como objetivo principal conquistarlo.

En el curso de la vida política pueden existir momentos en los que las clases sociales –o facciones de éstas- con intereses contrapuestos coincidan en determinados criterios políticos, pero cada uno con sus propios y particulares objetivos y proyectos. Tomemos como ejemplo el mismo que citamos en la edición anterior: la lucha del pueblo ecuatoriano que provocó la caída de los gobiernos de Bucaram, Mahuad y Gutiérrez. En todos esos sucesos hubo en el campo de la burguesía una división: un sector los apoyaba y otro estaba por su destitución para provocar un relevo con un nuevo representante de la misma burguesía, como efectivamente ocurrió. Los trabajadores y los pueblos del Ecuador peleaban por echar abajo a esos gobiernos por su carácter antipopular y coincidieron momentáneamente con una facción burguesa que aspiraba lo mismo pero por otras consideraciones. ¿Significa eso que el movimiento popular actuó dejando de lado su independencia de clase? ¿El momento que los trabajadores advirtieron que había división en la burguesía debían cesar su lucha para no perder “independencia” y dejar que la crisis política sea resuelta exclusivamente por los grupos burgueses? De ninguna manera. Los trabajadores y el pueblo llevaron adelante esas luchas guiados por sus propios intereses; la coincidencia en ese propósito con un sector de la burguesía no le quitó el carácter popular al movimiento, no solo por el contenido de quienes pelearon sino también por las reivindicaciones que se levantaron. Hubiese sido un tremendo error abandonar la lucha para no “aparecer unidos” con un grupo de la burguesía, error que también hubiese implicado provocar una derrota política al movimiento popular organizado y al pueblo en general.

Un fenómeno similar se produce hoy. Durante los últimos años, guiados por una política de independencia de clase, los trabajadores y el pueblo han luchado para poner fin al actual gobierno debido a su carácter antipopular, proceso en el que inclusive dieron forma a una propuesta político-electoral, el Acuerdo Nacional por el Cambio, que se propuso a través de las urnas acabar con el gobierno correísta. Todos conocemos los resultados de la primera vuelta electoral que arrojaron dos finalistas. Llegado este momento concreto, ¿el pueblo debe abandonar su lucha contra el correísmo y dejarle las manos sueltas para que se mantenga un nuevo período en el poder y continúe acanallando al movimiento popular organizado? Al abandonar la lucha en contra de la facción burguesa en el poder (por el temor de coincidir circunstancialmente con otra facción burguesa), en los hechos estamos favoreciendo a quienes durante estos años se han mostrado como el enemigo político principal del movimiento popular organizado y de las izquierdas.

A nuestro modo de ver esa lucha debe continuar y manteniendo los mismos propósitos que le dieron origen: dejar atrás un régimen que ha afectado gravemente desde el punto de vista ideológico y político al movimiento obrero y popular. La recuperación del movimiento obrero tiene connotaciones estratégicas -es decir en relación con los objetivos finales que animan la lucha de la clase obrera-, muy distintas y sobre todo contrarias a los intereses y propósitos de la burguesía como clase, y de la facción que ahora apoya a Guillermo Lasso, por supuesto.

Estamos, pues, ante un nuevo episodio en el que, partiendo desde intereses de clase distintos se produce una coincidencia entre un sector de la burguesía con las banderas políticas levantadas por el movimiento popular. No se trata de una política de acuerdos o alianzas, tanto es así que no hay negociaciones entre el bloque popular y de izquierda con la candidatura de Lasso. La independencia de clase se manifiesta de manera nítida, el movimiento popular y las izquierdas buscan romper el escollo que ahora les impide avanzar más rápidamente en el proceso de organización de las fuerzas revolucionarias.

Ninguna expectativa existe respecto de que Lasso establezca un gobierno que favorezca a los intereses de los trabajadores y el pueblo, salvo su compromiso (que en realidad es una circunstancial necesidad política para él) de respetar algunos derechos políticos ahora pisoteados por el correísmo, que deberán ser aprovechados por el pueblo para levantar la lucha demandando la atención de sus necesidades.